INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
|
Con las dos noches en casa de Adnan ya agotadas y bien disfrutadas, ya me dispuse a salir en bici rumbo a otro destino, situado justo al lado opuesto de la ciudad sureste de Nueva York, en la zona de Brooklyn. Despidiéndome de Adnan y de los compañeros de piso y con la noticia de que Noah trabajaba en un hotel en medio de Times Square y con la invitación de visitarle y ver las espectaculares vistas de su cima, ya emprendí el viaje en la bici por el litoral oeste de Nueva York. 20 kilómetros de paseo fotografiando la vida de la gran manzana y sintiendo el calor y el sol apretando que, gracias a esas altas infraestructuras, se calmaba un poco. Hasta el parque de Battery, uno de los favoritos de los neoyorquinos, para después llegar a la zona 0 en el Memorial Park. El mismo lugar donde las torres gemelas se erguían presidiendo la puerta de entrada a Nueva York, con sus vidrios acristalados y donde, por obra de unos desgraciados, se cargaron la esperanza de una nación y la seguridad. En ese punto había dos huecos como fuentes en el mismo lugar donde estaban ellas y alrededor se encontraban el World Trade Center y otros tantos edificios que habían construido alrededor o que estaban en construcción. Después me puse a rodar con la gordita hacia Times Square entre la gran cantidad de tráfico que había y finalmente llegué al hotel de Noah. Me recibió con los brazos abiertos y me subió a ver el espectáculo que desde lo alto se podía contemplar. Unas vistas alucinantes en las que las personas se movían como hormigas diminutas entre calle y calle, al igual que los coches y taxis que querían avanzar entre ese conglomerado, casi imposible de transitar. Para seguir con un poco más de energía en mi cuerpo, Noah me señaló a cuatro calles una pizzería a 99 céntimos cada pieza. La busqué un rato hasta que finalmente la encontré y en ella me sirvió un par de esos trozos, que dicen que uno no puede irse sin probar, de la pizza neoyorquina. De vuelta al hotel recogí la bici y me puse a rodar, o mejor dicho a caminar, entre la gente con mi bicicleta por la plaza de Times Square, sacando fotografías y más fotografías, estresándome un rato. Ahí mismo conocí a unas cuantas personas geniales. Entre ellas a Félix, un señor muy majo ecuatoriano, que me preguntó de dónde venía. Al escuchar mi historia, las mil pantallas de televisión que mostraban anuncios sin parar se volvieron nada para él, ya que, sorprendido por mi hazaña, me quiso invitar a una bebida que él llevaba y me dio unos dólares para ayudarme a continuar con esa aventura. Sin parar mucho y despidiéndome de mi nuevo amigo, ya bajé hasta el Memorial Park para sacar algunas fotos más y para seguir al litoral contemplando un atardecer puramente de Nueva York. Una belleza imborrable en mi mente. Ya con el anochecer en el entorno y con las luces recién encendidas, me puse a rodar rápido hasta la casa de mi Bill, el chico de couchsurfing, que me ofreció un lugar en su apartamento de Brooklyn donde pasar las siguientes dos noches. Tenía que llegar a su casa a las 9:30 y entre el tráfico para pasar por el puente de Brooklyn y la distancia de 10 kilómetros desde el punto donde me encontraba, llegué unos minutos más tarde. Tardé un poco más al no encontrar internet en el área para decirle que ya había llegado y estaba debajo de su apartamento, hasta que una señora me dejó su teléfono para llamar. Con el teléfono ya contacté y me vino a buscar medio dormido, ya que él trabajaba hasta las 21 horas y ya casi estaba en la cama. Conociendo mínimamente a Bill, me ofreció un lugar donde ducharme y un lugar donde dormir mientras él se acostaba y yo preparaba algo de pasta para comer esa noche. Una jornada larga y cubierta de kilómetros con un montón de experiencias acumuladas con mi gordita. |
