INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Luis, un taxista que cada cinco días coge su bici para dar una vuelta alrededor de su ciudad natal, coincidió con mi salida de la misma con rumbo a Bogotá. Una coincidencia maravillosa, ya que pude conocer a un gran hombre y además distraernos mutuamente el trozo de trayecto que hicimos juntos. Charlamos sobre su gran sueño de recorrer algún día Colombia en su bici y que pronto lo iba a conseguir gracias a las ganas que le estaba depositando año tras año y que, cuando pudiera, sería su principal objetivo. Con 55 kilómetros recorridos, Luis quiso invitarme a un refresco y a un almuerzo. Sopita y albóndigas que me supieron a gloria y, como lo hacía con toda su ilusión, me supo mucho más rico. Ya separando nuestros caminos, él de vuelta a su gran ciudad y yo continuando mi camino. Mi vía se convirtió en la misma rutina de siempre: rodar, rodar y fotografiar. Para romper esa monotonía apareció un viejo amigo, Gustavo, el camionero que quiso recogerme al principio de entrar a Colombia. Se paró frente a mí y, aunque al principio no reconocí su camión, enseguida reconocí su cara. Nos dimos un abrazo y mantuvimos una breve charla deseando lo mejor en nuestros caminos y esperando volvernos a encontrar a lo largo de las carreteras de Colombia. A partir de ahí la monotonía volvió con todo su esplendor hasta que tocó buscar un lugar para dormir. Pasé por un motel de carretera y pregunté el precio, no era caro, pero estaba lleno, con lo que continué el camino hasta que vi un huerto de caña que parecía buen sitio donde acampar y pasar la noche. Di una vuelta de reconocimiento y me pareció correcto, con lo que monté la carpa detrás de un árbol, junto a un par de arañas y un montón de mosquitos que se peleaban por devorarme. Suerte que tenía ropa de manga larga y no lo hicieron del todo, solo se tuvieron que conformar con las manos y la cara. Eso sí, que lo dejaron listo para edificar... |
