INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Toooda la santa noche lloviendo, toooda la santa mañana, tarde y, de nuevo, tooda la santa noche lloviendo. Nada más levantarme, con la lluvia acompañándome, cogí todo el material que necesitaba para mi travesía y salí para acabar de recoger la bicicleta y la tienda. Al terminar de recoger y, cuando estaba a punto de coger los utensilios para desayunar, el señor de la casa salió con la mano hacia delante en señal de despedida. Como vi que eso era una patada en el culo dejé el desayuno para más adelante. Cogí la carretera y gota tras gota me fui empapando. Buscaba un lugar resguardado para desayunar. Pasé 10 kilómetros; pero no había manera de encontrar nada en un país en el que sólo podía resguardarme debajo de una vaca o en un garaje. Como lo uno era un poco frustrante y no me aseguraba estabilidad y lo otro significaba alterar el orden público decidí continuar buscando otra solución. A los 20 kilómetros encontré un cartel que señalaba el punto de una piscifactoría de salmón con café y asientos, con lo que me dirigí allí. Resultó ser el lugar perfecto para mi propósito ya que contaba con asientos y mesas de picnic públicas con tejado. Comí los wheet bix (cereales) con agua y azúcar que tengo acostumbrado y a la carga de nuevo con todo el material de buceo. Lluvia en llano, lluvia en subidas y bajadas, lluvia para comer en un mirador, lluvia atravesando los múltiples puentes de una sola dirección y lluvia a mi llegada a Haast. Hasta aquí podía llegar en un día y con pocas vistas por la bruma espesa que lo cubría todo. En ese punto empecé a buscar un lugar donde dormir. Zonas de acampada libre no había, los hostales, como siempre en este país, caros, con lo que empecé a preguntar por un sitio donde dormir gratis. Primero me salió el típico cascarrabias de: si no tienes dinero para pagar un hotel no viajes. Respeto su opinión; pero creo que está totalmente equivocado. Después hablé con un chico que me recomendó que hablara con Dizzie, el propietario de un bar a la salida del pueblo. Allí fui y pregunté por él. Primero hablé con una chica muy maja que me presentó al famoso Dizzie. Después de charlar un rato, Dizzie me llevó hasta su casa y me mostró una habitación que tenía en el garaje. Esa sería mi cama durante una noche. Ya pude respirar tranquilo mientras en el exterior de la habitación el aire soplaba y llovía... llovía... llovía… sin ánimo de abandonar su tarea de regar aún más las verdes colinas de Nueva Zelanda. |
