Un recibimiento inolvidable en La Redonda
El 14 de agosto de 2016 llegué a La Redonda, el pueblo de mi padre, en Salamanca, donde había pasado los veranos prácticamente toda mi vida. Llevaba casi tres años dando la vuelta al mundo en bicicleta y tenía muchas ganas de reencontrarme con mi familia, mis amigos y la gente del pueblo.
Aquella mañana había quedado con mis hermanas, mi cuñado y varios amigos para comer en Figueira, al otro lado de la frontera portuguesa. Después de una buena cataplana de pescado y marisco, algunos nos montamos en bicicleta para recorrer los últimos 50 kilómetros hasta La Redonda, mientras los demás nos acompañaban en coche.
El recorrido nos llevó por las Arribes del Duero, primero con una larga bajada hasta la frontera y después con una buena subida hacia Fregeneda. Desde allí continuamos hasta Lumbrales, ya a pocos kilómetros de nuestro destino.
Yo me imaginaba una llegada tranquila, con mi familia y algunos amigos esperándome para saludarme. Pero cuando nos acercábamos al pueblo, por la Rivera, empezaron a aparecer personas en bicicleta que se fueron uniendo a nosotros.
Y entonces llegó la sorpresa.
A la entrada de La Redonda me estaban esperando más de 200 personas. Familiares, amigos, vecinos y gente de otros pueblos se habían reunido para darme la bienvenida. Había una pancarta, todo el mundo coreaba mi nombre y yo apenas podía creer lo que estaba viendo.
Fue uno de los momentos más emocionantes de toda la vuelta al mundo. Después de tantos kilómetros y tanto tiempo lejos de casa, acabé llorando al abrazar primero a mi madre y después a mi padre.
Mis padres habían preparado un aperitivo en la plaza para compartirlo con todos los que habían venido a recibirme. Además, como el pueblo estaba en fiestas, la celebración continuó con la tradicional cena comunitaria y una orquesta.
La Redonda siempre había sido un lugar muy especial para mí, pero aquel día me regaló un recuerdo que llevaré conmigo toda la vida.
Gracias a mis padres, a mi familia, a mis amigos y a todos los vecinos que organizaron aquella sorpresa. También a quienes se desplazaron desde otros pueblos y a quienes, pese a sus dificultades para moverse, hicieron el esfuerzo de acercarse a darme la bienvenida.
Gracias a todos, de corazón.