INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Hay días que no entiendes qué pasa, no entiendes que, después de tantas loas que algunos seres humanos me han ofrecido en el camino, algunos te tomen como si fueras nada o peor. Este es el día del cable y podría resumir que no fue demasiado bien y que al final se remontó; pero mejor explico qué pasa cuando un cable se rompe y no encuentras dónde repararlo en Estados Unidos. Primera hora de la mañana... me despierto en el porche de Jay con el amanecer fresco y sin lluvia. Él mismo, después de preguntar a la policía para cruzarme el puente que era peligroso para bicicleta, me llevó a mí y a la gordita hasta el otro lado con una camioneta antigua de un amigo. Un abrazo bien fuerte, un millón de gracias y al rato de rodar me doy cuenta de que el cable del cambio, al estar oxidado, se rompió y no puedo cambiar con los piñones, con lo que algunas subidas se complicaban bastante, por no decir mucho. Empecé a buscar una tienda de bicicletas y, como decía, a nadie le importaba una mierda nada sobre mí ni de la bicicleta y, como si realmente fuera una mierda, me trataban, tachándome de vagabundo. Eso sí, algunos contados, con dos dedos de frente, me ayudaron mirando y chequeando por internet alguna tienda de bicis; pero estaban lejos y nada se podía hacer hasta que llegara a Wilmington. Aún así, no me daba por vencido. Seguí rodando con el mismo cantar, poco interés en ayudarme y algunos sin mirarme. No sé si por miedo o por desprecio, hasta que en una tienda de motocicletas me dijeron dónde podía encontrar una tienda, a poco más de dos millas. En un mercado general entré y llegué hasta esa tienda en cuestión. Un señor asiático me atendió y, mientras le decía qué problema tenía, me dijo que me ayudaría y que bajara todas las maletas para empezar la reparación. Después de eso, me dijo que el costo de cambiar el cable era de nada menos que 20 dólares, con lo que me eché para atrás y le pedí que me vendiera el cable para repararlo yo mismo. Aún así, el cable me costó 5 dólares, nada barato, pero aun así me puse al momento a repararlo en una esquina de la misma tienda. Como si el señor fuera totalmente insensible y con todo mi material desparramado por el suelo por su primera orden directa, me echó de su tienda diciendo que si no quería que él lo reparara por esos 20 dólares, no me podía quedar ahí. Con mi sorpresa inicial sobre lo que me estaba pidiendo, reaccioné diciendo que por favor me dejara reparar mi cable ahí para no tener que montar todo y volverlo a desmontar fuera; pero sin querer entenderme, me siguió echando a la calle y con una serie de opiniones al respecto sobre él, me quedé callado obedeciendo y montando de nuevo, con mala cara, la bicicleta para salir de ahí buscando otro lugar, hasta que encontré un pequeño descampado y me puse manos a la obra. Una hora más tarde ya lo tenía resuelto, aunque, como es normal sin ser un profesional, el cambio no funcionaba igual de fluido que antes; pero por lo menos conseguí continuar con la marcha. Llegué a Wilmington sin pena, pero tampoco con demasiada gloria, aunque yo me sintiera bien por el fallo técnico que había resuelto con mis propias manos y con alguna foto y algo de prisa por hacerse de noche y poder llegar a Filadelfia, avancé imparable en mi bicicleta cruzándome con muchísimas personas de color en las que parecía no hacerles mucha gracia mi viaje en bicicleta por sus calles. Continué pedaleando hasta que finalmente llegué a la ciudad, que fue capital de los Estados Unidos, muchísimo tiempo atrás. Por barrios humildes entré a la ciudad y me asombraron la cantidad de pintadas artísticas que había en la calle. Entrando a la ciudad empecé a buscar lugar donde dormir porque el atardecer asomaba entre los pedales. Preguntando a la gente, parecía no tener muchas posibilidades y, el sentimiento que tuve mientras pedaleaba buscando alguna tienda de bicis anteriormente, me volvió a la cabeza. No era para menos una conversación que tuve con otro ciclista. Fue así: Hello I’m traveling around the world by bicycle... Su contribución en forma de palabras antes que terminara de hablar fue: come on did you have some question to me? Be fast.... Hasta ahí fue mi pregunta porque, al igual que me había faltado al respeto contestándome de mala manera, no sentí que esa persona me pudiera ayudar. Entonces pensé en la aplicación de warmshowers, que en Australia y Nueva Zelanda tan bien me había ido en esos casos de emergencia, con lo que busqué un punto WiFi. El destino me llevó hasta al lado de un café en el que me conecté. Busqué un lugar y a un par de camareros que estaban fumando en la calle les pedí si podía usar su teléfono para llamar un momento contándoles mi historia. Con buena onda, finalmente, me dejaron hacer esa llamada. Al otro lado del teléfono se contestó Timothy, un señor de 71 años enamorado de las bicicletas que se había recorrido casi todo Estados Unidos con ella y me ofreció, sin pensárselo dos veces, esa hospitalidad que estaba necesitando para pasar esa noche. Algo más que hospitalidad me dio Timothy, ya que al llegar me llevó a dar un paseo por las zonas más emblemáticas de la ciudad: el antiguo senado donde se firmó el papel más importante de Estados Unidos y la campana de la libertad, emblema de Filadelfia y expuesta en el medio de la plaza amurallada para que nadie la tocara. Un paseo interesante que no podía faltar en esta corta visita a Filadelfia y para reequilibrar el físico con el psicológico después de un largo día. Timothy me preparó una ensalada buenísima con toda su pasión enriquecida con una cerveza de hermandad y una conversación absolutamente magistral con la cual me terminó de sacar esa sonrisa y para acostarme en total paz, otro día más. |
