INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Listo para el pedaleo de salida de Monterrey, con unos huevos fritos y una leche proteínica, ya me preparé, junto a Elena, a la llegada de mis compañeros de viaje. Un rato más tarde aparecieron David y Jesús, sin Talia que no había podido participar en esta aventura para llegar a Nueva Laredo. Ya los tres preparadísimos y motivados, nos despedimos de Elena sacando unas últimas fotos en Monterrey y sin más dilación arrancamos nuestro pedaleo para salir de la ciudad de los baches. Uno tras otro sorteábamos esos molestos baches saliendo poco a poco del Centro, regateando coches sin respeto, hasta encontrarnos, a los 20 kilómetros, casi fuera de la ciudad. Rodando sin pausa entre campos de minas o filamentos de neumáticos repartidos en el suelo como obstáculos. Tuvimos algunas paradas para descansar, tomar agua, pinchazo típico de ruedas y algún refuerzo de frutos secos. Rueda que rueda... subimos el único puerto de montaña llamado Mamulique, medio preocupante, aunque sin grandes esfuerzos, en un tiempo récord con dos compañeros de viaje que motivaba mucho más el trayecto y esos pequeños retos. Después de la subida y en la pura cima nos paramos a comer unas tortas que la mujer de Jesús había preparado de huevo con tomate, también muy nutritivas y enérgicas, como para continuar, ya más de bajada, todo el trayecto. Pasamos por una gasolinera en la que pedimos un poco de agua que, sin mucho esfuerzo, se nos fue entregada y sin más paradas, con un poco de viento en contra y sol radiante, ya salimos de la autopista, por la cual habíamos andado casi desde el principio, para desviarnos al poblado de Vallecillo esperando encontrar algún lugar donde acampar o descansar en la noche. Parecía que teníamos la suerte a favor ya que nada más llegar preguntamos en una despensa de cervezas si conocía un lugar donde dormir y nos indicó que preguntáramos al ladito, donde había una taquería llamada doña Vicky y donde algún otro viajero había podido pasar la noche con su consentimiento. Eso hicimos, después de comentar nuestra situación, doña Vicky nos abrió las puertas de su casa y nos hospedó en su garaje. En eso conocimos a casi toda su familia que desfilaba de un lado a otro del patio, entrando y saliendo del baño. También a su marido, Don Óscar, que con su sonrisa y amabilidad nos contagió buena onda. Acomodamos la tienda de campaña de cuatro personas que llevaban mis compis de viaje y arreglamos algún pinchazo más en las ruedas de Jesús, chequeando bien nuestras ruedas por si las moscas. Una ducha fría con la regadera que había en ese baño y con unas cervezas, compradas por mis compañeros y compartiendo con doña Vicky y Don Óscar, pasamos la noche, de plática en plática, distendidamente. Yo, por mi parte, me dediqué a cocinar en un horno eléctrico pasta con mole y atún, un plato novedoso y sano del que a Jesús no le agradó tanto como a mí y a David. Aún así, me llevé un recuerdo para el resto de mi vida al quemarme un poco la mano al tratar de sacarlo del horno; pero, aparte de eso, la noche fue un éxito entre buena gente y una "buena noche"... |
