INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Hay días en los que no puedo dejar de explicar todo lo que me sucede porque las sorpresas en forma de experiencias no dejan de sucederse, otros en los que pasa algo que me parece enorme y todo lo demás no deja de ser puntos y a parte. Este día es de esos y empezó levantándome del colchón en el interior de las clases de la iglesia. De ahí di un paseo por Champotón para conocerla un poco. Comí un ceviche, el primero en México y del que creo va a ser el último, ya que la idea era rodar en el interior de México para llegar a las ruinas de Palenque en unos días con lo que no volvería a ver el mar, ya casi, hasta Estados Unidos. Algo que he aprendido en este viaje es que nunca se sabe. Eso sí, el ceviche fue realmente espectacular y lo recomiendo sin pensármelo. La cevichería se encuentra en las afueras de Champotón hacia el norte, se llama cocina económica de Doña Lupita y en él se puede encontrar al hostelero más humilde. Él, después de mucha charla sobre ceviche, ya que soy un gran enamorado de esta delicia culinaria, me convenció de que era el número uno de su poblado. Con ese ceviche como desayuno me puse a correr, digo correr porque no dejo de hacer más y más kilómetros en ese llano, que esta vez tuvo unas cuantas cuestas, hasta llegar a Escarcega y girar a la derecha, aunque antes de llegar la comida de un tenderete de carretera me rellenó de combustible mi estómago con unos buenísimos tacos con carne triturada preparados exquisitamente para mi paladar. El calor de ese día era increíblemente duro y después más llanura hasta que el sol y sus rayos bajaron y subieron entre las nubes del ocaso hasta llegar al poblado 18 de marzo. Una vez ahí y bien cansado por la nueva consecución de kilómetros, pregunté a unos señores que esperaban en una camioneta dónde se podía acampar y pasar la noche. Estos mismos me contestaron que en la iglesia adventista podía preguntar y eso mismo hice siendo al colofón del día y de lo que hablaba poéticamente al inicio de mi crónica. En el interior de esa iglesia había un chico rezando al que no quise molestar hasta que se levantó. Aprovechando el momento le pregunté sobre mi propósito de pasar la noche en algún lugar seguro y con una agradable sonrisa me invitó a quedarme ahí. Aún así me pidió que le acompañara a conocer a uno de sus pastores mayores. Me llevó hasta una casita en la que un señor, después de escuchar mi historia, me dio su bendición para quedarme donde quisiera de la iglesia aunque ese día, Dios aún tenía sorpresas que darme. Ya de vuelta a la iglesia, Bartolo, que así se llamaba el primer chico que conocí rezando, me invitó a iniciar la misa sentado con ellos, con lo que acepté gustoso. Una nueva experiencia escuchando a los jóvenes cantar una canción detrás de otra y con la ayuda de un proyector que pasaban las fotos y las letras de la música tal y como un karaoke. Todas ellas con mucho mensaje de Jesús y Dios tenían un ritmo pegadizo de balada. Con muchas canciones cantadas, Bartolo recitó un evangelio de la Biblia, el de Ester, una chica tan bonita como una estrella y que salvó a Israel de una muerte segura. Después de eso la misa se terminó y cuando creía que me quedaría a dormir en una habitación vacía, Bartolo me quiso invitar a su casa para descansar y comer. Conociendo a sus padres y a su hermano mayor me presentaron una casa humilde, pero acogedora, hecha en madera en la que tenía una cama perfecta para el cometido. Pero antes, su madre nos preparó una cena de frijoles con arroz para chuparse los dedos, aparte de abundante como para llenarme completamente. Con mucha sed también nos preparó chocolate frío que me sentó de lujo, o sea, realmente bien o mejor que eso. Luego su padre se incorporó a la conversación y mientras charlábamos y nos empapábamos de la cultura de los unos y los otros hasta que me invitaron a ducharme. Una ducha fría en un barreño, que ya conocía en Indonesia, tirándome a cubetazos el agua por encima, dejándome contento y preparado para descansar... después de tantos kilómetros y mucho sudor, por el calor, era lo mejor para renacer y de ahí dar las buenas noches a una familia tan especial como hospitalaria. Eso sí, por la noche una tormenta de rayos y lluvia enturbió por un segundo mi dormir sin conseguir desvelar mi sueño. |
