INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Al despertar, todos mis temores sobre tormentas y gente se habían disipado por completo. Yo estaba perfectamente y tan solo una niebla espesa bañaba mi carpa y el lugar. Por suerte, todo salió bien y tan solo la falta de agua y el calor que había empapado de sudor la esterilla donde dormía había sido el gran problema. Bien temprano acabé de recoger las cosas y salí rápidamente de ese lugar tan escondido y fangoso. Lo primero fue desayunar, cosa que solucioné en el primer poblado que había, con unas empanadas mixtas y un café con leche, todo a muy buen precio. Seguido recorrí kilómetros y más kilómetros con subidas leves y bajadas aún más leves, fotografiando el verde prado selvático que ofrecía esa zona distinta a las demás de Colombia. Al cabo de un rato, me tuve que desviar de la autopista para adentrarme en otra zona aún más verde y, poco a poco, las leves subidas y bajadas se hacían más fuertes y empinadas, hasta que la gran subida de 10 kilómetros llegó para quedarse un buen rato. En ella sufrí y gocé como siempre y como nunca, ya que las montañas realmente me empiezan a martirizar y prefiero dejar las empinadas laderas, una vez por todas, de lado. Por el camino empinado, me entró hambre y me paré a comer en uno de los restaurantes de carretera más humildes y ricos que había probado en ruta desde que entré en Colombia. Sopa de mondongo (callos) con banana y de plato pollo agridulce con arroz, papas y ensalada, una delicia acompañada de litros de limonada. Con el estómago lleno, yo diría que demasiado lleno, continué por donde había dejado la subida. Poco a poco me recorrí esas empinadas cuestas, saludando a todo aquel que me miraba con una sonrisa algo forzada por el cansancio acumulado, hasta que un señor me paró para llenarme los bidones de agua y ofrecerme un trozo de rica y energética panela (azúcar natural extraído directamente de la caña). Con eso me animé y terminé esa parte del trayecto, llegando a una bajada para recuperar un poco el aliento; ya pensaba que ese sufrimiento había terminado, pero no era así, ya que, después de cruzar un puente, la subida volvió con más fuerza. Con tanta fuerza que acabé agotado y, anocheciendo, pregunté por algún lugar donde dormir o acampar. En una de estas, encontré un hostal en medio del recorrido entre la nada y el barranco, Los Mangos se llamaba. En él conocí a dos chicos fabulosos que me invitaron a cenar. En el mismo, al borde del precipicio, había una piscina con agua natural que me fue de maravilla para refrescarme y quitarme un par de kilos de suciedad y sudor de encima. Charlando después de la cena, pasamos un rato y, de pronto, la luz se me apagó, avisándome del cansancio, con lo que me metí en una de esas habitaciones del hospedaje en el que grandes sueños me esperaban. |
