INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Pasé una noche tranquila sin ningún problema y, nada más despertarme, un nuevo señor, que no conocía, se sentaba junto a mí esperando a usar la remolcadora. Le saludo y lo mismo hizo él. Yo, con la cara de despertarme hacía unos minutos y recogiendo las cosas, al final empezamos a hablar. Me dijo que tenía que ir a ver la playa y que, luego, podía ir a un supermercado para comprar las cosas a muy buenos precios. Seguido de que él y Junior, el otro chico que trabajaba en el bar 24 horas, me invitaron a un café para que a continuación poder despegar hacia los lugares recomendados. Primero vi la playa. Era hermosa y la disfruté un buen rato. Seguí, tal y como me dijo, hasta el supermercado donde compré las cosas para no tener problemas durante el viaje. Empecé la marcha viendo bien de cerca la famosa mata atlántica que sólo crece por estas zonas y que cubre de verde todo el paisaje, incluyendo las numerosas montañas que hay. Mientras rodaba me fijé que la gente, al contrario de lo que pensaba, me saludaba con una sonrisa sin ningún tipo de problema. Pasé por numerosos pueblos, rodando en llano y disfrutando mucho de todas las vistas y playas que iba viendo. Después se complicó la carretera con subidas empinadas y bajadas en las que me quedaba sin frenos. Era todo difícil; pero, sin exagerar demasiado, podía decir que las malditas acabaron con mi paciencia y las piernas y tuve que subir andando empujando la bici en algunos tramos. Al igual que se complicaban los caminos también pasaba por miradores espectaculares que dejaban ver toda la magia de la costa brasileña, que no era poca y eso que me he recorrido grandes playas; pero pocas así de bonitas. Continué con las subidas y bajadas hasta que llegué a Sao Sebastiao, donde estuve preguntando por un lugar donde dormir, sin pagar nada y sin problemas. La gente no se ponía de acuerdo. Me cansé de hablar y me senté a descansar con un vendedor de pulseras que parecía majo. Estuvimos hablando bastante rato y él me recomendaba Illhabela; pero tenía que coger una balsa y, aunque era gratis, no lo veía claro. Al final di con los bomberos y, ya de primeras, me dijeron que no hospedaban a nadie y de segundas me recomendaron Playa de las Cigarras, que me decía que estaba a 3 km de allí. Aunque era de noche y, en Brasil, no recomiendan para nada estar por la calle decidí que debía ir para descansar tranquilo. No me quedaba otra alternativa. Rodé, pasando los 3 km, y no veía la playa. Continué hasta los 6 y seguía sin ver la dichosa playa hasta que, a los 10, por fin, pude ver el cartel. Parecía que había bastantes luces; pero busqué un lugar escondido entre piedras que parecía bueno. Una vez allí me instalé con mucho aire soplando desde el mar. Tenía que entrar en la tienda para cocinar y que no entrase arena a la comida y, aunque era muy incómodo, la polenta con granos de arena no sabe igual de bien. |
