INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Suena la alarma del móvil, eran las 4 de la mañana y estaba agotado. La misa empezaba a esa hora, pero el sueño pudo conmigo y accidentalmente me volví a dormir... Sobre las 5 me volví a despertar y, sobresaltado por mi torpeza, corrí hacia la iglesia. El cielo estaba oscuro y el suelo mojado por la lluvia que había caído por la noche. Las tenues luces que había instaladas en las puertas de la iglesia eran la única referencia que tenía para llegar y entrar al interior de la misma. En ella estaban cantando algunos salmos. Yo me instalé en la sala anterior de la iglesia para no molestar a los monjes. Antes había encendido una vela. Esta vez era para desear lo mejor a mis seres queridos, o sea, familiares y amigos. La misa no varió mucho de otras ocasiones y hacia las siete y media de la mañana se terminó, con lo que yo bajé hasta el patio para contemplar un amanecer precioso con el pico Athos como protagonista. A continuación repartieron el desayuno: sopa de arroz, queso feta con bollo artesanal y una pasta de espinacas. Un desayuno raro, pero completo. Terminado el desayuno ya sólo me quedaba ir a Karyes y visitar algún monasterio más de la capital. Dicho y hecho, en seis minutos estaba en la capital atravesando la calle principal y disfrutando de las vistas que ofrecía al mar y el pico. Por lo que vi, Karyes es muy pequeño, con una arquitectura muy curiosa y antigua. Tiene una iglesia, en el medio del pueblo, con una torre muy alta, con un pequeño túnel, por el cual se accede a la iglesia, a la cual entré. No se alejaba de las que ya había estado durante esos días. Después me encontré con dos hombres, con los que coincidí en Sant Andreas Skete. Charlamos sobre la experiencia espiritual de cada uno. A continuación me llevaron a ver un monasterio que era muy famoso y que tenía una prenda de la Virgen María en su interior. En ese monasterio me dijeron que esa prenda había realizado milagros en el pasado, por lo que debíamos tener mucho respeto con ella. Los monjes, en silencio y muy serios, nos llevaron a la iglesia y después de atravesar tres salas llegamos hasta la prenda, la cual estaba enmarcada en oro. La besé, tal como hacían los demás por respeto, y después me llevaron a colocar una vela, sin encender, delante de la figura de la Virgen María. Con la cual, por lo que me dijo uno de los chicos, pedía el bien de alguien y que, por la noche, la encendían durante la celebración de la misa. La dejaban consumir hasta el final, regalando bienestar y felicidad para la persona elegida... ¿en quién pensé? Esa pregunta nunca la responderé... Con el monasterio visitado, volvimos hasta el centro de Karyes desde donde cogí el autobús que iba al puerto: Dafne. En el mismo conocí al padre Alexii. El padre era de Estados Unidos, Chicago. Estaba, durante un año, visitando los 20 monasterios del monte. Me contó un montón de cosas, entre ellas, que para los ortodoxos, el monte era lo más sagrado y donde el contacto con el cielo se hacía más cercano. Ya en el puerto y a pocos minutos para salir hacia Oronopoli, me volví a reencontrar con Giorgios, el chico que me encontré en Dionyssiou nada más bajar del barco. Iba a Sant Andreas a meditar. Con él viajaba otro chico, que también coincidí en Dionyssiou y con el que regresamos hasta Oronopoli, o sea, a la realidad... Ya en Oronopoli nos separamos, él volvía a Atenas, en autobús, y yo a la casa en la que había dejado la bicicleta. En ella me esperaban con una agradable sonrisa y los brazos abiertos. Lo primero que me dijo el señor fue... you are change y me dio un sentido abrazo. Poca cosa más hice durante el resto del día: escribir estas palabras y prepararme para la salida en bicicleta de mañana.
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