INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Me desperté con esas mismas olas de fondo y con alguna perturbación más en mi estómago. Recogí las cosas y me dirigí con mucha ilusión a Comporta, un pueblo bonito que tenía algo más especial que la misma atracción turística, un amigo de la infancia con el que me iba a encontrar: Gonzalo Barahona. Nuestra amistad se remonta a años atrás y se formó de verano en verano, justo a 100 kilómetros de Salamanca, en ese pueblo del que he hablado más de una vez: La Redonda. Con el paso de los veranos jugando a juegos con la bici, llamando a puertas y escondiéndonos, acampando, durmiendo en casas encantadas o saliendo de fiesta. Con algo más de edad se formó, junto a Ángel y Álex, un vínculo especial del cual es imposible desvincular. Yo que no he tenido hermanos y mis hermanas y primos eran más mayores, encontré ese pedacito que me faltaba en ellos divirtiéndonos y con la libertad absoluta que da un pueblo como el nuestro, experimentando mil aventuras. Años de diversión y experiencias que han formado la persona que ahora soy y con la ilusión de un niño, pedaleando nerviosos, nos teníamos que encontrar. Él viajando en coche con su novia Isaura desde Lisboa y yo, como es normal, en bici hasta ese pueblo que yo tenía a 53 kilómetros de mi ubicación inicial en Silnes. A la una, después de pedalear como el viento, estaba puntual y esperé media hora más hasta que por fin apareció con Isaura. En ese momento mágico nos dimos un abrazo largo y sentido. Un abrazo que nos unió tres años después de nuestro último abrazo cuando me dejó el verano del 2013 en la terminal de autobuses de Salamanca. Después de ese instante inolvidable en el que alguna lágrima se me cayó, nos pusimos al día hablando sobre todo un poco mientras buscábamos un restaurante en el que me quería invitar a engordar un poco y proseguir mi camino. Él seguía igual de vacilón y gracioso que siempre y, encontrando un restaurante donde poder sentarnos y charlar, ya fluyeron más conversaciones con risas y guiños al pasado. Con dos entrecots ricos, pero pequeños, unos chocos y unas cañas refrescantes divagamos también del presente que nos rodeaba a cada uno, yo contando anécdotas de mi viaje y él explicando las novedades que se le presentaban en Mallorca donde vivía. Momentos entrañables de los que no tenía ganas de alejarme, pero el tiempo pasaba a nuestra costa para llegar a sendos destinos: él a Lagos, de donde había salido dos días atrás y yo para Lisboa, o mejor dicho Setúbal, a 30 kilómetros de Lisboa. Con esa falta de ganas de desprenderme de esa magnífica sensación de compartir como pocas veces la soledad con alguien tan cercano, disfrutando de una comida y con esa obligación de continuar el viaje, rellené agua en mis botellas para pasar la sed y me dispuse a continuar, al igual que ellos, la ruta. Más abrazos, esta vez como un hasta luego y otra vez, eso que nos unió llamado tiempo, nos volvió a separar... Kilómetros hasta Troia con la nostalgia típica del momento vivido y de ahí agarré un ferry que iba lleno a Setúbal. Ahí había quedado con Fernando, un señor del warmshowers que me había dado hospitalidad en su casa junto a su familia. Al principio llegué hasta su casa, marcada en el mapa, y al no tener el lugar exacto del encuentro le llamé para saber dónde podía estar. Un par de tonos después se puso su mujer al teléfono y me contó que habían ido a Lisboa a pasar el día y llegaban media hora después. Una vez llegaron y nos presentamos, me espabilé para subir la bici al ascensor y empezar a compartir las culturas entre unos y otros. Muy buena gente que, enamorada del fútbol, veía primero Portugal-Honduras en las olimpiadas y después el Benfica como ganaba la supercopa de Portugal. Con ellos, ya con más confianza y con una ducha que me desparasitaba de los últimos 5 días sin limpiarme. También quisieron compartir un frango (pollo) muy, muy rico y picante, también me quisieron invitar a tomar vino de la tierra con una cerveza del país, la Sagres. Para terminar de la manera más dulce me dieron dulces típicos portugueses, unos de anís y otros, tipo donuts, alargados, muy ricos. Para rematar, moscatel del que decían era mejor que en España y muchas conversaciones con su amigo Félix y su hija Daniela, con los que estuve hasta altas horas charlando sobre viajes y la vida en general y qué mejor día para hablar de eso ya que me había encontrado con un buen amigo de toda la vida y había hecho otros, esperando que fueran también para toda la vida. |
