INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
|
Me desperté y Langkawi me abrió las puertas de su casa-tienda para desayunar un aceite con pan y aceitunas ricamente, hasta que unas gotas de sangre aparecieron de mi nariz inexplicablemente. Debía ser el calor del día anterior que se mostraba de esta manera y me dejaba preocupado para todo el día, y no era para menos...
Me limpié con agua, me aseé y, sin poder parar, me puse a pedalear, esperando que la mañana, algo fresca, me quitara kilómetros para luego pararme al mediodía. Con todo el pedaleo deseaba que el sol no apretara tanto.
Pero me equivocaba y el cielo no respondió a mis súplicas. Otra vez, el sol dejó su huella en forma de calor, llegando a los 50 grados, 5 grados menos que mi máximo en Australia. Demasiado calor para pedalear, pero aun así pedaleaba y pedía elma (agua) por todos lados, hidratándome y bebiendo cuanto podía. Unos 6 litros de agua contabilicé en el día de hoy, más otros tantos que me echaba por la cabeza en modo de cubo cada vez que podía.
Para comer, tuve la suerte de que un pozo el agua no fluía. A lo lejos, al otro lado de la carretera, una voz en árabe me dijo algo así como que no funcionaba, pero que si quería agua, él me la podía ofrecer. Acepté gustosamente y casi obligadamente por ese infierno soleado. Después del agua, me dio un té y, después del té, un baño, y con un abrazo y un ofrecimiento para que me quedase a dormir y no continuar con ese calor; pero, como decía, la prisa me pedía que continuara para no perder demasiado tiempo y ya me despedí.
Continuando por caminos de piedra sin asfaltar, en el que la dificultad se multiplicaba, ya me cansé del todo.
Al atardecer, empecé a preguntar a la gente de alrededor si conocía algún lugar donde dormir y sólo conseguí agua, pan y un batido de leche directamente proveniente de la vaca, la cual me señaló al preguntarle sobre el producto que me había dado para probar.
Continué la marcha de noche, ya que no podía hacer mucho más por esos lugares, hasta que llegué a una villa. Al primer señor que vi sentado en sacos de paja le pregunté si conocía algún lugar para dormir y me respondió con un rotundo no, por lo que, algo nervioso, seguí preguntando dónde podía dormir, hasta que me ofreció tomar agua, seguido de fruta y un té.
Poco a poco se fueron reuniendo amigos suyos a su alrededor y, con charlas en el idioma de los signos, nos entendimos, aunque más de una vez las situaciones se tornaban algo cómicas.
Después de un rato, me invitaron a entrar a su casa y otro chorro de sangre me cayó inesperadamente desde mi nariz. Al ser el segundo en el mismo día, ya me empecé a preocupar y, con una comida y más charlas, parecía difícil poder descansar, pero realmente la cena a base de patatas con carne estaba deliciosa.
Seguimos la charla viendo la tele con una serie india mientras me hablaban, hasta que me dormí, momento en el que me prepararon una alfombra en el suelo y a dormir. El día había ido de mal en peor, pero salvado por la buena gente, que de nuevo, y en un país como Marruecos, demuestran ser más que egoístas carneros islámicos, tal y como los quieren pintar en algunos medios de comunicación. |
