INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Tras una noche con muchos sueños de los que ya no recuerdo; pero me dejaron una sensación extraña. Me levanté sin mucha energía para salir al haberme acostado bien tarde. Haciendo un esfuerzo me reincorporé a la realidad en la que estaba envuelto. Una casa algo desordenada imperaba a mi alrededor y mi bici seguía reposando en la cocina mientras Robie dormía en su cama plácidamente después de una noche de semirock and roll cenando y paseando a sus perros. Preparé en silencio la bicicleta, incorporándole las alforjas y acabé de prepararme pasadas las diez. Suficientemente tarde, decidí despertar a Robie para despedirme y, lo que tenía que ser una despedida breve, acabó alargándose más de la cuenta ya que, muy amablemente, me ofrecía quedarme en su casa. Al mismo tiempo me contaba sus historias de milagros y me enseñaba un pequeño altar donde yacían algunos cuadros con la imagen de Jesucristo. Al rato ya tuve que decirle adiós y con una despedida en la misma calle, me distancié brevemente de él y su casa, deseándole toda la suerte del mundo y dándole las gracias por regalarme esa noche tan memorable. Bicicleta y más bicicleta bajo las nubes que taponaban cualquier intento de salir el sol en la carretera 90 y con viento en contra hasta que se convirtió en la Interstate 10, donde los coches se multiplicaban y el viento se ponía parcialmente a favor. Más bicicleta y parada técnica, tipo wifi, en un McDonald's para felicitar a mi primita Cristina en su cumpleaños mientras descansaba un poco y comía tortillas con huevo duro, que había cocinado aún en Houston. Tras eso continué haciendo kilómetros al son de la música y los coches hasta que el atardecer se volvió próximo. Entonces una área de centros de gasolineras, comida y compras, se presentó en un desvío. A la salida empecé a preguntar en una gasolinera si sabían de algún lugar donde dormir por los alrededores. Mientras me negaban con la cabeza, rellenaba los bidones de agua por si acaso la noche pedía acampada libre. Buscando por esa zona fui a preguntar en una casa de información turística; pero estaba cerrada. En la parte de atrás tenía un césped bonito y una zona de parking en la que vi la oportunidad de acampar. Como no estaba seguro si la zona estaría vigilada llamé a todas las puertas y me quedé fuera, sin montar nada, escribiendo crónicas y preparando la cena. Entre una cosa y la otra se me hicieron las diez y cuando ya creía que podría acampar sin problemas un coche aparcó a escasos 5 metros de mí. Una mujer con su hijo me miraban dentro del coche mientras yo acababa de preparar la bicicleta para la acampada. Muy sospechosamente duraron un minuto en esa situación y se fueron sin decir nada. A los diez minutos un policía llegó y me saludó; una mujer les había llamado explicando de la presencia de un homeless en el parking de información, con lo que até cabos. Como decía, primero llegó un policía muy serio preguntándome quién era y explicándome el motivo de por qué estaba ahí; luego otro apareció mirando en los alrededores y otro más me saludó un poquito más simpático por la izquierda. El primero me hizo las preguntas mientras yo le explicaba mi viaje sin inmutarme ni lo más mínimo. Me pidió el pasaporte para verificar mi identificación. Después otro de los policías me preguntó qué llevaba en la bici, “pues material para dar una vuelta al mundo”, respondí yo. Abrieron mis alforjas mientras me cacheaban de arriba abajo. Les di una de mis tarjetas y siguieron haciéndome preguntas cada vez más tranquilamente y entrando más en la curiosidad que en el trabajo policial. Al rato de charlar ya me dijeron que ahí no podría quedarme; pero ya con un muy buen rollo me indicaron una zona en la que podía empezar a buscar para acampar cerca de ahí. Con una despedida distendida y con sonrisas incluidas ya se alejaron mientras desalojaba el parking y me dirigía para ese descampado del que me habían hablado. Una vez allí me adentré con la bici entre la maleza hasta que encontré un lugar, más o menos bueno, para acampar y pasar la noche sin más problemas; parecía un milagro viendo cómo se había desencadenado la noche en la que me cachearon, por primera vez, los policías de Estados Unidos. |
