INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Sin sol en el cielo y con un viento infernal en la calle, nos despertamos sobre las 4:45 de la mañana, una hora demasiado tempranera para tener que desayunar de manera acelerada comiendo un sándwich rico, un vaso de té con leche y un yogur que cuidadosamente Palmira había preparado. Mientras me tomaba el té, el teléfono sonó enérgicamente destrozando mi tranquilidad. Era Carlos que llamaba para avisar que salía de su casa para recogerme con un pickup en la avenida América. Con mucha prisa recogimos las bolsas con Fernando y vinieron las despedidas... Una vez más las despedidas han sido la nota dominante de la jornada. Me abracé a Palmira a las 5 de la mañana saliendo de casa con aceleración, sin poder valorar, por los nervios, lo que dejaba atrás. Ya en la avenida América, con la luz de las farolas y mientras subía la bicicleta en la pick up de Carlos, me despedí de Fernando también medio acelerado y dormido, sin poder expresar mis más sinceras ¡MUCHÍSIMAS GRACIAS! Y es que, como dije ayer en la crónica de despedida, habían sido unos días estupendos junto a ellos o, mejor que estupendos, diría de lujo, de esos tiempos de los que estoy seguro no repetiré nunca más y de los que recuerdas en más de una mala experiencia. Tras el abrazo rápido, pero sentido con Fernando, ya nos alejamos Carlos, el hijo de Carlos, del que también hablé ayer, con la pick up de cerveza Gallo, empresa de la cual trabaja, y con la noche aún presente y el tráfico en aumento. Tan en aumento que, una hora después, aún estábamos saliendo, atravesando Guate lentamente, pero sin parar. El camino se puso peor al llegar a un punto donde un camión volcado generaba una cola de 2 kilómetros. Hora y media nos pasamos en ese punto crítico del que no se movían los coches absolutamente nada. Tras esa molesta interrupción continuamos fluidamente para desayunar 3 horas después de la salida de Guate en Sarita, o el Rancho, o sea el punto donde se separaba hacia Cobán. Un rico desayuno, invitado por Carlos, ranchero con longanizas de lo más típico guatemalteco y que realmente me gustó. De ahí Carlos ya me llevó a 150 kilómetros de Guate donde surgió una nueva despedida entre abrazos, en el que se unió un campesino, con machete en mano, que pasaba por ahí y un hombre de seguridad con una recortada en brazo, que aguardaba en la zona, con los que nos sacamos unas fotos. Pero siguiendo la despedida con donaciones, los mejores deseos y unas cuantas sonrisas que confirmaban el buen rollo que llevaba este hombre tan agradable y una marcada personalidad como buena persona, de la que me llevaba mucho más que un buen viaje en pick up. Para seguir y arrancar por fin en bicicleta, tuve los problemas típicos de no haber cogido la bici hace tiempo, con unas molestas fricciones de la alforja delantera derecha al haberse estropeado el cable que la sujetaba. Con esos problemas me pasé todo el recorrido en bici con algunos intentos fallidos de colocar unas cuerdas. Al final hubo una buena predisposición por mi parte de hacer oídos sordos y disfrutar de la primera jornada que duró poco tiempo y en la que comí tirado en una hamaca que había abandonada al lado de la carretera y unas vistas espectaculares del otro lado. Hice las subidas y bajadas leves típicas de esa zona y de ahí llegué a Los Amates, ciudad o poblado en el que pregunté en una tienda rústica de reparaciones sobre mi problema de porta alforjas. Me enviaron hasta un soldador muy profesional. Al llegar, cuatro señores me preguntaron por el problema y se pusieron manos a la obra rápidamente, diciéndome que el trabajo sería gratuito. Me soldó las dos porta-alforjas delanteros con una sonrisa e insistiendo en regalarme la reparación. Una sorpresa sobre la gente de por aquí y que reafirmé al encontrarme a los bomberos de la zona, en la que César, el bombero que me invitó a acampar en su base, me quiso también invitar a cenar huevos con tomate y frijoles. La verdad que fue bien rico y nutritivo. Era curioso como los bomberos voluntarios consiguen fondos para seguir ayudando e incluso con una sede que dejaba mucho que desear, sin techo y con un inicio de construcción sin terminar, en la que los pobres debían hacer milagros para terminar y sin que el estado les apoyara lo más mínimo. También, como sorpresa, los bomberos me dejaron meter uno de sus colchones en la tienda, siendo esa una de las mejores noches en bomberos que había podido descansar como un rey. |
