INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Un viaje hasta la claridad del agua turquesa no se hace en unas horas. Ni aun estando a tan solo 250 kilómetros se puede hacer rápido y esfumarse en poco tiempo. No, aquí, distancia y tiempo tienen otra dimensión. Es un viaje que se hace casi eterno, con un promedio de 10 horas en autobús - de Guatemala a Cobán, de Cobán a Lanquín y de Lanquín a Semuc Champey-. A una lentísima velocidad para valorar su belleza. La llegada a Semuc con la familia indígena reunida ante nuestros ojos y con la mirada perdida hasta su egocentrismo mostró otro lado menos romántico de la historia. Tienen lugares maravillosos; pero el velo de la pobreza crea la peor ceguera. Tal es la ceguera que hasta barren los caminos de la jungla, invadidos por las hojas y el barro. Tal es la egocentría que controlan, ojo avizor, todo el entorno, enviando información de unos a otros, como antaño, hasta llegar al "cabecilla" o "caudillo", no sé… De boca en boca descubrieron que mi paso en bicicleta por Guatemala podía ser "una amenaza" para su plan de seguir controlando esa maravilla natural llamada Semuc Champey. ¡Qué idea habrá pasado por su mente! Indígenas sin armas, utilizando su presencia en el parque para su lucha contra el Gobierno, en su búsqueda del dinero que les permita sobrevivir o vivir mejor; ese papel inservible del que todo ser humano se enamora y a la vez nunca brilla, es más... lo que realmente brilla estaba delante suyo y no eran capaces de verlo. ¿O al contrario? Quizás sí, pero no pueden o no saben cómo conseguirlo. Es la historia de siempre: uno ha visto algo toda la vida y pierde todo el valor. Así esperaba Semuc Champey a ser descubierto por sus propios descubridores y, aunque nosotros éramos los que veíamos tal belleza, ellos se empeñaban en mirar al turista para ver qué nuevas traían, para imaginar no sé qué cosas, para ver en ellos presuntos contrincantes, e identificar qué noticias podían hacer llegar al "cabecilla" o cómo controlar ese espacio entre las nubes boscosas tropicales de las cuales un día seguro se enamoraron. No soy capaz de vislumbrar cuánta razón tienen unos u otros, lo único que creo es que quien pierde siempre es la Naturaleza. En esta lucha de poder y de dinero siempre salimos perdiendo todos. En un lugar como ese se puede comprobar mejor el impacto que tienen estas luchas con y por la tierra. Lo he comprobado en otros lugares del mundo por los que he pasado; lugares con maravillosos entornos e indígenas ebrios y mendicantes. Aunque la libertad de la naturaleza la sentí nada más entrar y aumentó cuando estábamos solos y flotábamos con total fluidez arropados por el entorno abrumador de la Madre Tierra, al pasar las horas la influencia de esas personas, con o sin escobas, se fue extendiendo hasta llegar a un "control enfermizo", observando cada uno de esos trabajadores cada rincón del parque sin excepción, cada terraza en la que te intentaras bañar. Eran tantos los ojos que teníamos encima que incluso ascendiendo hasta el Mirador sentimos que las preguntas sobre mi presencia les creaban interés y un poco de desconfianza. Del mirador, desde donde se veía toda la espléndida zona natural hasta la llegada a la puerta de entrada o de salida, notaba esa presencia. Allí todos se iban reuniendo con sus mochilas al hombro en torno a una figura, un hombre ya maduro con chupa negra y barba canosa al que llamo “el caudillo”. Fernando me avisó de su interés por conocerme, pues había comenzado a llover y él caminaba delante. Aunque al principio creía que sería por conocer mi historia, luego se descubrió con sus palabras que estaban "preocupados de que hablara con la alcaldesa de Lanquín" y con ello "creara una alianza" absurda contra ellos. Algo pasa con la gestión de esta área protegida y con su Consejo Directivo. ¡Qué pequeño te hace el egocentrismo! Asegurando que mis intenciones eran meramente turísticas y que yo les comprendía y les apoyaba, sin ningún interés en interferir sus estúpidas luchas, me di cuenta que ellos se creían a sí mismos por encima de todo y que harían cualquier cosa para preservar esa fuente de ingresos más que para proteger su patrimonio, del cual cuidaban con modos y formas algo descabelladas en mi opinión, barriendo cada centímetro cuadrado del parque, como si necesitara ser barrido este. Tuve la impresión de que en lugar de turistas veían "fantasmas". De vuelta al hotel y después de un salto al vacío turquesa del río Cahabón, que me distrajo de tanta situación política, me encontré con Ana, una niña relinda que vendía chocolate artesanal y cuya mirada triste, como la del lustre de Guate, me impactó de lleno en el corazón. Tratamos de invitarla a cenar con nosotros y aunque su timidez o miedo se transformaba en sonrisas y alejamiento al fin, con sus manos sucias, agarró los espaguetis y un sándwich de pollo que le preparamos y se los llevó, junto a unos quetzales por el chocolate que nos vendió, que posiblemente representaban para quien la envió algo más importante que su alimentación. Curiosa vida aquella que se veía en un entorno tan especial y en el que la gente debería tener otros valores. Aunque debería reconocer que el mundo, conformado por humanos, debe seguir comiendo por encima de los paisajes. Pero a veces pasamos por alto que esas luchas de las que hablaba pueden acabar destruyéndonos, incluso con dinero en el bolsillo, ya que la Madre Tierra no entiende de posesiones y sí de dolor. |
