INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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De buena mañana Palmira, antes de salir a su trabajo como experta de la UE, preparó uno de sus exquisitos desayunos, mientras Fernando se quejaba de la cantidad tan abrumadora de comida con la que sus ojos se deleitaban al igual que su estómago. En algunos momentos de mi aventura he pasado hambre por la falta de lugares donde poder adquirir estos mismos, pero nunca podré decir que en casa de Fernando y Palmira he tenido esa sensación, ya que copan la mesa de comida hasta quedar absolutamente llena, sin ningún rincón libre. Lo podéis ver en cada una de las fotos que saco de las comidas del día. ¡¡Alucinante!! Fernando se queja de que a él, Palmira no le trata así de bien. Después de ese sueño de desayuno, que me gustaría que me acompañara en el resto de mi viaje, salimos Fernando y yo a buscar la bicicleta en la tienda donde el sábado anterior dimos nuestro voto de confianza para ver si la podían arreglar. Me monté, di un paseo y regresé con el mismo problema por el que la había dejado a revisión. Aunque decían que habían terminado con la parte básica y la más económica, me dijeron que no habían podido solucionar los problemas hasta que cambiaran el plato y ajustaran los cambios, con lo que tuvimos que dejarla de nuevo. Aprendí lo que significa la coletilla guatemalteca: "No tenga pena". Acto seguido fuimos a "despiojarme" en una barbería lux, a causa de que Fernando escuchó un comentario de mi padre sobre cortarme el pelo y él se lo tomó al pie de la letra. Allí, encima de un banco de barbero y frente a un señor que me preguntaba qué clase de corte quería, me encontraba. Yo, sin muchas florituras, pedí un corte simple. Me rasuraron y arreglaron la barba, me rebajaron el pelo para luego lavármelo con uno de esos masajes relajantes que parece que el pelo se alza en fiesta. Lo disfruté al máximo. Para continuar con las tareas nos dirigimos al Europlaza, un edificio de oficinas moderno y acristalado, sede de embajadas y de la Unión Europea, en el que Fernando tenía que pasar por una de las sucursales bancarias; pero por el camino un lustre (un limpiabotas callejero para un español), que conocía a Fernando, nos paró para charlar. Un niño de 9 años llamado Francisco, hermano de Wuel, quien había sido amigo y profesor de Quiché de Fernando. Mientras lustraba los zapatos de Fernando le preguntábamos sobre su vida y sus palabras salían tímidamente de sus labios con una mirada triste que me encogía el alma. Cobra por limpiar un par de botas 30 céntimos de euro (3 quetzales) y su nivel de vida tiene pocas esperanzas de levantarse al igual que sus dañadas rodillas (una baguette cuesta 8 quetzales, un plátano 1 quetzal, un litro de leche 120 quetzales, dormir junto a seis personas en la Terminal le cuesta 400 quetzales al mes). Solamente con distraerse por unos minutos charlando ya se notaba que su estado de ánimo subía como la espuma. Tanto era así que alargó el tiempo limpiando las botas de Fernando para poder sentir el cariño y la charla distendida de gente simpática y agradable como nosotros, o eso era lo que tratábamos de ser. En estos casos, el miedo que le metían era tanto, que las creencias en las leyendas eran más que ficción una realidad. Explicaba cómo para volver a su casa, en su pequeña aldea a kilómetros de la ciudad de Guatemala, debía coger, después del bus, un tuc-tuc (una mototaxi) para que el chupasangre no se lo comiera. Historias verdaderas para no dormir y para tener controlada a la criatura, en la cual se podía ver la desnutrición y sentir como un niño de mirada triste padecía de noches húmedas y frías, de ilusiones perdidas, de atardeceres con hambre y de angustias sin lágrimas. Nos contó que bajaba a Guate los fines de semana, que ahora estaba de vacaciones (sic) y regresaría el martes para ir al colegio. Fernando, que me había enseñado unos videos con opiniones de Wuel, se despidió diciéndole que quería hablar con su hermano. Con un par de dólares más en el bolsillo, Francisco se separó de nosotros en busca de otros zapatos que limpiar y con unos minutos de notado disfrute. Nosotros, por nuestra parte, anduvimos con la cabeza baja y un montón de palabras para describir el momento sociológico que habíamos atravesado en uno de los barrios altos de Guatemala, en el que cualquier persona o coche pasaba, sin pensárselo dos veces por encima del niño, algo que ya ocurrió cuando hicieron mover sin compasión al patojo (niño) que tan honradamente lustraba los zapatos. Ya en el Europlaza y con un nuevo contraste de situación, Fernando se agilizó para terminar las tareas, volver a casa y ayudar a Palmira antes que esta regresara del trabajo, con los preparativos del próximo almuerzo con invitados. Algo especial que le llevó a Palmira bastante tiempo de preparar: fabada asturiana, ¡¡toma ya!! William, Donaldo y Mayra, colegas de la SIECA a los que Palmira había invitado en mi honor para probar tal exquisitez y de la que salieron con las barrigas bien gordas, con muchas ganas de una siesta y con pocas ganas de volver a trabajar. William, que había sido ciclista profesional, se sentó a mi lado y me preguntaba. Donaldo, al otro extremo, le decía a Fernando sobre los peligros y secuestros en México, mientras Mayra pensaba en las entrevistas en la radio. Fernando y yo, al contrario que los demás, podíamos descansar la comida, con lo que dejamos transcurrir un tiempo hasta que nos levantamos de nuevo para visitar un nuevo contraste en esta ciudad de Guatemala: los restaurante-bar-sastrería SAUL, todo en uno. Es uno de los empeños de Fernando: ver la diversidad pavorosa de este país. Esta moderna y artística cadena de restaurantes tiene un alto nivel creativo y van orientadas al nivel más alto de la sociedad guatemalteca. Sus precios altos están acordes a este nivel y su popularidad tan grande que la gente pija se describe como gente Saúl. Esas personas se reúnen, tanto para comprar algunos objetos de moda, sea ropa o incluso alimentos, como para tomar un buen café, un zumo o licuado alimenticio, o incluso comer. Yo tomé una Sangre de Vampiro. Aunque realmente este nivel estético era digno de admirar y de fotografiar para cualquier revista de diseño. Yo detestaba profundamente por todo lo que rodea a Ciudad de Guatemala. El 70%, se dice pronto, setenta por ciento, de gente pobre que vive con unos míseros quetzales, como el niño indígena, y no puede acceder, ni se lo permiten, a estas payasadas con las que la gente rica se divertía, rodeada de seguridad privada con recortadas al brazo. Para continuar con ese día tan largo y completo pasamos a recoger a Palmira en el trabajo, ya que Fernando no quiere que regrese sola. De camino hacia casa tomamos unos margaritas cocteleadas en La Playa, un bar famoso al lado de casa. Otro lugar rodeado de buen glamour donde un portero, si no eres conocido, te cachea por si portas armas. Concluyendo y resumiendo: entre desayuno, fabada y tragos, este día pude convivir con todos los estratos sociales y contrastes de esta sociedad guatemalteca. |
