INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
|
Poco a poco mi cuerpo se está recuperando sin necesidad de medicinas, tan sólo una dieta equilibrada de arroz blanco e infusiones han sido las encargadas de poner en su sitio mi maltratado estómago. Las continuas comidas en puestos callejeros y el picante con el que estoy acostumbrado a lidiar cada día tendrían la razón de esta dolencia. Con vistas de esta apreciable mejora y sin necesitar de un baño a cada instante, me atreví a dar un paseo al amanecer en el mismo punto donde lo dejé en la anterior jornada, el cerro de la cruz. Desde allí, la luz que bañaba suavemente la ciudad, junto con el cono volcánico, que por fin se dejaba ver, divisaban unas vistas magníficas con las que relajarse. De allí seguí por esa ciudad colorida visitando las ruinas de la catedral abierta al cielo que antes brillaban con la luz de las velas. Seguido de la casa de San Domingo, un museo hotel abierto al público, antes una iglesia convento, del que se rescataba reformado y entre sus ruinas decorativas unas espléndidas instalaciones y jardines históricos. Entre mi barriga que aún pedía precaución y mis ansias por probar la comida local, acabé en el mercado, donde el griterío de la gente, las verduras que vendía una niña de 6 años y las gallinas encerradas en jaulas, marcaban mi paso hasta que la zona de comida abrió mi apetito; pero no me dejé vencer por esas ansias y respeté la dieta con la que debía continuar mi tiempo hasta sentirme del todo recuperado. De allí volví al hostel para comer ese arroz blanco, ya con un punto de salsa de tomate suave, y volví a la calle para pasar por varios mercados de artesanías. Unas cuantas conversaciones con las vendedoras a las que, la falta de gente, les urgía una venta e intentaban, sin suerte, convencerme de que comprara una de sus preciosas obras. Aunque debía mostrarme firme, eran muchas las ganas de comprar sus coloridas telas, sus figuras mayas o las caretas, que tenían originales formas. Una vuelta más por la ciudad y de vuelta al hostal para reposar mi estómago hasta la hora de la cena en la que he comido un poco de pasta. Los propietarios del hostel, que estaban haciendo una barbacoa en el jardín, me han invitado a sentarme con ellos y probar un poco de la suculenta longaniza y carne que estaban asando. Todo sin ningún exceso por si la barriga me volvía a denunciar mi trato. |
