INTRODUCIENDO TIEMPO DE DESTINO
Programando destino…
Uno de mis objetivos durante este viaje es regalar pelotas de fútbol a niños y niñas de países donde conseguir una no siempre es fácil.
Una pelota cuesta muy poco, pero puede significar muchísimo para quienes apenas tienen oportunidades de jugar con una. Al fin y al cabo, para echar un partido solo hacen falta una pelota, unos cuantos amigos y ganas de pasarlo bien.
Siempre que tenga ocasión, intentaré llevar un poco de alegría a través de algo tan sencillo como el fútbol. Porque hay sonrisas que valen mucho más que los 8 o 10 euros que cuesta un balón.
Jordi Romo
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Amanecer y desayuno en el mercado comiendo una sopita con arroz y carne muy nutritiva. También me compré una empanada típica boliviana para el desayuno a media mañana y así tener energía para subir los Andes. La idea era la siguiente: salir de Sucre y hacer 100 de los 155 kilómetros que me separaban de Potosí; pero hubo algo con lo que no contaba: Sucre estaba a 2600 metros de altitud y Potosí a casi 4000, con lo que la subida, combinada con el poco oxígeno que había en la ruta, podía hacerme ralentizar el viaje y producirme mal de altura. Como os decía, empecé a subir pero también a bajar entre las montañas andinas que prometían mucho, pero con mucho esfuerzo. Belleza natural a raudales, tanto que me decía: hoy tengo que hacer pocas fotos para recorrer los kilómetros que quería, pero, aun así, no podía resistirme a tal envergadura de belleza. Comí de pasada unas pastas de maíz que unos vendedores de la carretera me ofrecieron y continué haciendo la subida más bestia que podía realizar. Unos 20 kilómetros de arriba, arriba y arriba. Más de 4 horas subiendo de todas las maneras posibles, pedaleando, sacando el pulmón, arrastrando la bici y, si hubiera podido, hubiera subido con motor para ahorrar energía... era realmente muy duro. Pero como siempre, llegar a la cima del puerto valía la pena todo lo pasado. Finalmente se me hizo de noche y ya no me quedaba agua para beber, con lo que continué para ver si llegaba a algún poblado antes que viniera la ola de congelación, ya que estaba a 3300 metros y estaba subiendo más y más. Al final vi un mercadillo en el poblado de Villa Carmen y les pedí agua. Encantados me la dieron y encantados me dijeron si quería pasar la noche en una habitacióncita que tenían en la casa, junto a su abuelita. Diego, el más joven de la familia, quiso darme la bienvenida de la mejor manera, con un mate de coca para bajar el dolor de cabeza que tenía. Entre paredes de fango, comiendo fideos (ají de fideos), pan y con abundante agua, me acosté encantado de la familia de Diego y con el calorcito de un horno de leña que tenían. |
